
Si has paseado últimamente por el final de Ondarreta, habrás notado que algo ha cambiado de verdad. Después de trece años conviviendo con vallas y ese murete de hormigón provisional que todos terminamos llamando el «muro de las lamentaciones», el Peine del Viento por fin ha recuperado su esencia. La rehabilitación integral ha terminado hace apenas unas semanas y la sensación de volver a ver la conexión directa entre la plaza de granito y el acantilado, sin obstáculos visuales, es como reencontrarse con una parte de la ciudad que teníamos un poco olvidada bajo tanto andamio y parche.
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Esta reforma no ha sido solo una limpieza de cara. Ha sido un proceso bastante artesanal liderado por Rocío Peña, la hija de Luis Peña Ganchegui, el arquitecto que diseñó la plaza original junto a Eduardo Chillida. El reto era complicado: cómo hacer que el lugar fuera seguro frente a las piedras que caen del monte Igeldo sin que pareciera una cárcel de hormigón. Al final, han optado por una malla metálica que se adapta a la roca como un guante y han trabajado el suelo de granito rosa con una técnica de desbastado. Si vas con carrito o en silla de ruedas, notarás que ahora se transita mucho mejor, aunque se ha mantenido esa rugosidad característica para no cargarse la estética que pensaron los autores en 1977. Es un equilibrio fino entre accesibilidad y respeto al patrimonio que, aunque ha generado debate con asociaciones como Elkartu, permite que el espacio vuelva a ser lo que era: un lugar de transición entre la ciudad y la fuerza del Cantábrico.
Te propongo aprovechar este «estreno» para hacer la ruta completa por la bahía, que son unos 2,5 kilómetros desde el Ayuntamiento y se hace tranquilamente en una hora. Es el momento ideal para fijarse en las otras piezas de la ruta escultórica de Chillida que a veces pasamos de largo. La primera parada lógica es el Homenaje a Fleming, esa escultura de granito que ahora preside un mirador sobre la Concha, justo antes de llegar al túnel. Después, al subir hacia los jardines del Palacio de Miramar, tienes que buscar la estela Abrazo en el Pico del Loro. Es una pieza pequeña, de apenas un metro, que Chillida dedicó a su amigo el pintor Rafael Ruiz Balerdi y que tiene un aire muy íntimo, perfecto para quedarse un rato mirando la isla de Santa Clara desde arriba.
Al llegar al final de Ondarreta, el conjunto de las tres piezas de acero cor-ten de 10 toneladas cada una sigue impresionando igual, pero ahora el entorno acompaña. El sistema de los siete tubos o «chimeneas» sonoras, ese órgano que bufa cuando el mar golpea con fuerza, funciona a pleno rendimiento. Si te quedas con ganas de saber más sobre cómo han conseguido estabilizar el flysch o los detalles técnicos de la obra, a partir del 23 de abril abrirán una exposición en el Instituto de Arquitectura de Euskadi, en el antiguo convento de Santa Teresa. Van a enseñar planos y fotos del archivo de Peña Ganchegui que explican todo este renacer del Peine. Es una buena excusa para redescubrir nuestro rincón más icónico ahora que, por fin, vuelve a lucir como Chillida lo imaginó.
Fecha de publicación
9 de marzo de 2026
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