
Hay sitios en Sevilla que parecen un decorado y que, sin embargo, llevan décadas funcionando. La Real Venta de Antequera, en el barrio de Bellavista, frente a la antigua Isla y cerca de la ermita de Valme, es uno de ellos. El recinto, también conocido como Venta Pilín, celebra un siglo vinculado a la aristocracia y a la poesía, y su historia da para un buen paseo cultural sin salir apenas del área metropolitana.
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Todo empezó en 1916, cuando Carlos Antequera, mozo de espada de la familia Fuentes, abrió una pequeña bodeguita frente a la Catedral de Sevilla. En 1913 ya se había trasladado a la zona de Tabladilla, donde adquirió un terreno de 5.762 metros cuadrados en la encrucijada de la actual calle Manuel Siurot con la carretera de su Eminencia. A partir de ahí, la venta se metió de lleno en el mundo taurino y ferial: en 1927 se convirtió en fonda de toreros y ganaderos, y en la última parada antes de las faenas en la Plaza de la Maestranza.
El momento más ilustre llegó en 1929, coincidiendo con la Exposición Iberoamericana. Bajo la dirección del hijo de Carlos, la venta levantó alrededor de sus corrales de ganado pabellones promocionales construidos entre 1927 y 1929, con bodegueros de Jerez como González Byass, Domecq, Osborne, Marqués de Mérito, Garvey Sánchez Romero, Agustín Blázquez y el matadero de Sánchez Romero. En ellos se empleó cerámica del ceramista Enrique Orce y diseños de Recio. El propio rey Alfonso XIII visitó el establecimiento y, en 1930, le otorgó el título de Real. La Venta de Bellavista no empezó a usar ese título oficialmente hasta 1947, ya bajo la gestión de Rafael Antequera Zúñiga.
La conexión literaria es uno de los capítulos más curiosos. El 18 de diciembre de 1927, la primitiva Real Venta de Antequera de Tabladilla acogió el banquete que el Ateneo de Sevilla ofreció en honor a los poetas de la Generación del 27 —Lorca, Alberti, Dámaso Alonso, entre otros—, con un coste de 222 pesetas. Después, el recinto pasó por la empresa Catunambú en los años setenta y en 1975 lo adquirió Gabriel Rojas, que lo mantuvo en barbecho hasta 1984, cuando el restaurador Domingo Romero lo alquiló y restauró, recuperando el nombre completo y creando el logotipo actual con el lema 'Del Veintinueve al Noventa y dos'.
La arquitectura es otra razón para fijarse en el sitio. El edificio es obra del arquitecto regionalista Aníbal González Álvarez-Ossorio (1876-1929), principal referente del regionalismo andaluz y director de la Exposición Iberoamericana de 1929, que también firmó la Plaza de España, el Pabellón Mudéjar (hoy Museo de Artes y Costumbres Populares), el Pabellón de Bellas Artes (Museo Arqueológico de Sevilla) y el Pabellón Real. Dentro se conservan las vigas de madera, el mostrador original y fotografías de los pabellones de la Exposición.
En 2015 la venta se reinauguró con una tentadera de becerras de Manolo Vázquez y Fernando Sampedro, con ejemplares de Fermín Bohórquez en las corraletas. Hoy cuenta con hasta seis salones para celebrar eventos, con capacidad para entre 1.000 y 2.000 personas, y sigue en manos de Lola Rojas y Daniel de la Fuente, descendientes de los fundadores. Para quien busque un plan cultural distinto y con historia taurina y literaria, es una parada que merece la pena.
Fecha de publicación
3 de agosto de 2026
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