
Los Jardines de Piquío volvieron a abrir el viernes 7 de agosto, después de casi dos años cerrados por una reforma que empezó en noviembre de 2024. La alcaldesa, Gema Igual, inauguró el espacio a las diez de la mañana acompañada por el concejal de Fomento, Agustín Navarro, y varios ediles. El parque se sitúa entre la Primera y la Segunda Playa del Sardinero, sobre un pequeño promontorio con vistas al mar Cantábrico, a la bahía, a la península de la Magdalena y a la isla de Mouro; su nombre viene de la palabra cántabra 'pico', que significa punto prominente.
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La intervención se ceñó al diseño original de 1925, que firmó el arquitecto municipal Ramiro Saiz Martínez, y la supervisó su nieto, también llamado Ramiro. El presupuesto inicial era de 1,3 millones de euros, pero el coste final se cerró en 2.038.909, un 50% más de lo previsto; hubo retrasos, una paralización en el verano pasado a petición del sector turístico y demoras en la entrega de flores procedentes de Holanda que pospusieron la inauguración. Uno de los cambios técnicos más comentados fue el pavimento: al ver que las raíces de los árboles ocupaban más superficie de la prevista y habían crecido en horizontal, el Ayuntamiento cambió el hormigón por asfalto fundido para no compactarlas. El color azul se mantuvo por decisión vecinal —854 personas participaron en una consulta y 536, el 62,76%, votaron conservarlo—, aunque Vox criticó que el resultado fuera un 'azul grisáceo' distinto al elegido.
En cuanto a la vegetación se conservaron y reforzaron palmeras canarias, tarayes, olmo singular, hortensias, rosales, agapantos, cañas de Indias y praderas de pasto de San Agustín, mientras se eliminaban las especies invasoras y se mejoraba el sustrato, el drenaje y el riego. El picudo rojo afectó a dos palmeras: una se retiró y la otra se salvó. Lo más vistoso, sin embargo, es lo recuperado. Se limpiaron, lijaron y recolocaron a mano más de 8.000 cantos de bordillo de canto rodado, fabricando moldes específicos para las curvas originales. Se instalaron las farolas que aparecían en los croquis de 1925 pero que nunca se habían montado, ahora con tecnología LED. Se restauró la Bola del Mundo, una esfera de piedra caliza de 65 centímetros esculpida en una sola pieza que funciona como reloj solar esférico: los océanos están abujardados y los continentes pulidos, pintados en marrón y recubiertos de dorado, con el eje Norte-Sur alineado con la dirección verdadera para indicar dónde es de día y dónde de noche. También se recuperó la Mesa Zodiacal con sus colores y grabados originales y la Fuente Lavapiés, en la plataforma inferior, con nueva acometida de agua, saneamiento y sistema de recirculación.
El quiosco de helados se trasladó fuera de la entrada para liberar el acceso principal, aunque mantiene el servicio estacional, y se retiró el muro en forma de proa que el ceramista Víctor González había levantado en los años ochenta y que no figuraba en el proyecto original; se hizo una recreación en 3D por si se recupera en el futuro. El parque se distribuye en terrazas a distintas alturas, con bancos, miradores y una atmósfera tranquila. En las semanas posteriores a la apertura se instalaron seis bancos adicionales. Se puede entrar con mascotas, perros y gatos, siempre que vayan con correa y se recojan los residuos. El plan gratuito que queda es sencillo: pasear por los senderos, hacer picnic en las zonas señalizadas, sacar fotos, jugar con los niños y, si apetece, bajar a la playa que queda al lado.
Fecha de publicación
9 de agosto de 2026