
Hay planes que no necesitan mucha explicación porque se explican solos en cuanto uno llega. Este sábado, San Vicente del Raspeig se convierte en pista para la pilota valenciana, que reúne en una misma jornada dos de sus modalidades más emblemáticas: las llargues masculinas y el raspall femenino. La entrada es libre y el ambiente, como suele ser en estos encuentros, familiar, así que es un plan que encaja igual de bien para quien sabe de pilota que para quien nunca ha visto un partido.
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Para situarse, conviene saber qué se va a ver. Las llargues son una modalidad de estilo directo que se juega en la calle, en una pista de unos ocho metros de ancho y unos ochenta de largo, donde dos equipos de tres, cuatro o cinco jugadores se enfrentan. El raspall, también de estilo directo, se puede jugar tanto en trinquete como en calle y es conocido por su dureza física; se practica sobre todo en comarcas como La Safor, La Costera, La Ribera del Xúquer, La Vall d'Albaida y La Marina Alta, y solo excepcionalmente en localidades como Meliana, Borbotó, Beniparrell y Tavernes Blanques. Que las dos modalidades se crucen el mismo día es parte del atractivo.
La pilota valenciana no es un deporte menor. Está reconocida como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad desde 2017 y fue declarada Bien de Interés Cultural Inmaterial por el Decreto 142/2014, del 5 de septiembre. Su origen se remonta a la antigüedad grecorromana, introducida en la península ibérica por el Imperio romano, y fue muy popular en los reinos peninsulares hasta el siglo XVIII, cuando se mantuvo y evolucionó específicamente en la Comunitat Valenciana. Hoy la región conserva más de 3.700 deportistas federados y más de 130 instalaciones en funcionamiento, con la Federació de Pilota Valenciana y la Fundació Pilota Valenciana al frente.
Si te fijas en los detalles, el juego tiene su propio lenguaje. Las pelotas varían según la modalidad: las de vaqueta se hacen con ocho triángulos de piel de buey, pesan entre 40 y 42 gramos, miden 42 milímetros de diámetro y cuestan al menos 30 euros; las de badana, de piel de ternera, no superan los 39 gramos y los 38 milímetros; las de trapo se usan para las galotxetes y pesan entre 50 y 96 gramos; y las de Tec tienen núcleo de madera forrado con piel de cabra. Los jugadores, por su parte, llevan guantes de piel de cordero sin dedos, reforzados con naipes, planchas de acero o esponjas.
El espacio también cuenta. El trinquete es el recinto cerrado rectangular, de entre 40 y 60 metros de largo y entre 9 y 11 de ancho, con dos murallas y una escala de cuatro escalones; la calle admite las llamadas calles artificiales o carrer de la pilota; el frontón mide entre 20 y 30 metros; y la galotxeta, un recinto de 20 metros por 3,5 con cuerda central y cuatro cajones en las esquinas, se encuentra en Monóvar. En las modalidades de estilo directo se cuenta de cinco en cinco hasta llegar a 65, con juegos de 15, 30, 45 y victoria, y en el terreno aparecen figuras como el marxador, que gestiona las apuestas, y l'home bo, que hace de juez. Los equipos, rojos y azules, reparten los papeles entre rest, mitger y punter. Con todo eso sobre la mesa, el sábado en San Vicente promete.
Fecha de publicación
26 de septiembre de 2026