
Hay un Madrid que se puede leer en las fachadas y que casi nadie nota al pasar: el de las casas de baños y las piscinas que la Segunda República levantó en los barrios obreros. A finales de los años veinte, el Ayuntamiento puso en marcha un plan municipal con vocación higienizadora, bajo la idea de la 'ciudad sana', para llevar el aseo y el baño a las familias que no tenían bañera en casa. Hoy quedan muy pocas huellas, pero las que sobreviven cuentan una historia curiosa.
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La más antigua es la de Embajadores, en Lavapiés. Se inauguró el 11 de abril de 1928 en la glorieta, en el solar del antiguo Portillo de Embajadores, obra de José Lorite. La prensa la presentó como una casa de baños 'para los humildes', y las tarifas eran casi simbólicas: el baño con jabón líquido costaba 0,50 pesetas, con toalla grande subía a 0,75, y una ducha costaba 0,50. En 1932 se amplió con un segundo piso, 17 baños nuevos y siete duchas. El edificio original se demolió en 2002 y en su lugar se levantó la casa que hoy sigue funcionando en el número 5 de la glorieta.
La de Cuatro Caminos, en Bravo Murillo, tiene una historia más accidentada. La proyectó el arquitecto municipal Gabriel Pradal, de militancia socialista, como una obra de una sola planta. Su inauguración se anunció para el 11 de febrero, aniversario de la Primera República, luego se pasó al 14 de abril y al final no se pudo cumplir; en 1934 seguía sin abrir. A mediados de los ochenta el servicio se paralizó, pero la Asociación Vecinal Cuatro Caminos-Tetuán impidió el cierre. Entre 2010 y 2011 se integró la antigua fachada en un edificio nuevo que dedica la planta baja a los baños.
La de La Guindalera, en la avenida de los Toreros, es la que mejor se puede visitar hoy. Tenía dos piscinas, una para hombres y otra para mujeres, 16 bañeras, 10 duchas y 22 lavabos. Abrió al público en julio de 1935, y aquel mismo septiembre el diario conservador El Debate denunció que las piscinas permanecieron vacías todo el verano por no haber un vigilante que supiera nadar. Dejó de funcionar en 1977 y se salvó de la demolición al convertirse en centro cultural. En 1982 se reformó y hoy es el Centro Cultural de Buenavista, con una biblioteca municipal que desde 2020 se llama David Gistau en honor al periodista; la biblioteca y el salón de actos ocupan las antiguas piscinas.
Hubo también piscinas más espectaculares que ya no existen. La Isla, obra maestra del racionalismo de Luis Gutiérrez Soto, se levantó sobre una pequeña isla natural del Manzanares entre los actuales puentes de la Reina Victoria y del Rey, con solárium, gimnasio, restaurante y salón de baile. Fue destruida por una bomba en 1936 y cerrada definitivamente en 1954. Y la del Niágara, en la cuesta de San Vicente, fue la primera gran piscina transitable de Madrid, reformada en 1932 para ser la primera cubierta y climatizada del país, antes de desaparecer para dar paso al Hotel Príncipe Pío.
De aquel conjunto municipal solo quedan dos casas de baños abiertas, que hoy utilizan muchas personas sin hogar. La costumbre del baño público en Madrid no llegó hasta el siglo XIX, aunque desde la época musulmana hay constancia de baños árabes en el antiguo barranco del Arroyo de San Pedro y en los Caños del Peral. La primera casa de baños de inspiración católica se abrió en 1628, en la calle Jardines.
Fecha de publicación
22 de agosto de 2026
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