
Caminar por el centro de Lugo siempre ha tenido ese aroma a hojaldre y azúcar que forma parte de nuestra identidad, pero estos últimos días el ambiente está especialmente agitado tras las noticias sobre la Confitería Madarro. Este pasado lunes, 9 de febrero de 2026, se cerró la subasta pública del emblemático local de la Rúa da Raíña por un importe de 1.027.000 euros. La puja ganadora fue realizada por la sociedad Hijos de Torres Vázquez 2014 SL, quienes ya poseían la marca comercial y otros bienes del negocio desde el año pasado. Este movimiento parece despejar el camino para la reapertura de la confitería decana de la ciudad, que fue fundada en 1891 por Alejo Madarro y que cerró sus puertas en agosto de 2024 debido a la falta de acuerdo entre las familias copropietarias. El establecimiento no es solo un punto de venta de dulces, sino un pedazo de historia con sus techos pintados por el artista italiano Arturo D’Almonte a principios del siglo XX y su trayectoria como proveedor de la Casa Real. Sus productos estrella, como las coronas de almendra, las pastas de té elaboradas una a una y sus famosos roscones de Reyes, han marcado la vida de varias generaciones de lucenses que ahora esperan ver de nuevo luz tras sus vitrinas blancas.
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Mientras se concreta el regreso de Madarro, el paseo dulce continúa hacia la Rúa San Marcos, donde la Confitería Conde mantiene viva la tradición desde 1938. Fundada por Agustín Conde, un pastelero aragonés que se asentó en Lugo tras enamorarse de una gallega, la confitería está hoy en manos de la cuarta generación familiar, con Daniel Díaz al frente. Es imposible hablar de este obrador sin mencionar su producto más icónico: la milhojas. Aunque la receta se guarda con un celo similar al de las grandes fórmulas comerciales, el resultado es de sobra conocido por los vecinos que durante décadas fueron atendidos por Amparo del Río, figura clave del negocio que falleció en 2022 tras casi setenta años despachando dulces. La esencia de Conde reside en ese mantenimiento de los procesos manuales, como el batido del merengue o el calentado de los hornos, adaptándose a los nuevos tiempos pero sin renunciar a la calidad de la materia prima que les ha permitido sobrevivir desde los años de la posguerra.
Muy cerca, en la Rúa Doutor Castro, se encuentra la Confitería Ramón, otro pilar de la repostería local que también abrió sus puertas en 1938. Aunque en sus inicios funcionó simultáneamente como bar, con el tiempo se especializó en una oferta dulce muy particular que incluye creaciones propias como el pastel del peregrino, una variante de la tarta de Santiago que incorpora masa quebrada. También son muy demandadas la tarta Ramón, de hojaldre y crema, y la tarta Josefina, una receta ingeniosa que surgió ante la escasez de almendra tras la guerra, utilizando coco y cabello de ángel. Actualmente, bajo la gestión de Jesús Corrales, el local sigue siendo un punto de encuentro donde se sirven filloas rellenas de crema y decoradas con chocolate, manteniendo ese trato individualizado y el uso de vajilla de Sargadelos que tanto aprecian los clientes habituales. La fidelidad de su clientela es tal que no es raro ver a familias que llevan décadas acudiendo al mismo mostrador para sus celebraciones o para disfrutar de un chocolate a la taza en su salón.
Para completar esta ruta por los obradores con más solera, hay que desplazarse hasta la Horta do Seminario, donde se ubica la Pastelería Maceda. Aunque el local de la ciudad es más reciente, la historia del negocio se remonta a 1920 en la aldea de Maceda. Inés Nogueira, nieta de los fundadores, representa la tercera generación de una familia que ha hecho de las cañas artesanales su mayor emblema. La receta de la crema tiene una historia curiosa, ya que fue traída de Argentina por su abuelo, y se sigue elaborando sin conservantes ni colorantes, con hojaldre hecho a diario. Otro de sus pilares es el brazo de gitano, cuya dificultad reside en un bizcocho que solo lleva huevo, azúcar y harina, y que requiere una precisión absoluta en el horneado. Estos negocios, que han superado el siglo de vida o están cerca de hacerlo, demuestran que el modelo de obrador artesanal sigue teniendo un lugar fundamental en Lugo, conservando recetas que, más allá del sabor, forman parte del patrimonio cultural y emocional de la ciudad.
Fecha de publicación
14 de febrero de 2026
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