
Hay escapadas que se resumen en una palabra: calma. El Islote de Lobos, un pequeño territorio volcánico en el extremo noreste de Fuerteventura, es una de ellas, y septiembre es un momento ideal para visitarlo. Son unos 4,5 kilómetros cuadrados —algunas fuentes hablan de 6—, sin carreteras, con aguas turquesas y una ruta circular señalizada de 7,4 kilómetros que se recorre en unas dos horas y apenas desnivela. El nombre viene de los lobos marinos que antaño habitaban sus costas y que desaparecieron del islote en el siglo XIX.
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Lo primero que hay que tener claro es que no se llega improvisando. El acceso está regulado y hace falta una autorización previa que gestiona el Cabildo de Fuerteventura a través del sistema LobosPass, con un permiso gratuito y un límite de 400 visitantes diarios repartidos en dos turnos, mañana y tarde, y un máximo de tres personas por reserva. Conviene tramitarlo con al menos cinco días de antelación. Desde el puerto de Corralejo, en el norte de Fuerteventura, el trayecto en barco cruza el estrecho de la Bocaina en unos quince o veinte minutos y deja el islote a solo ocho kilómetros al sur de Lanzarote.
Una vez en tierra, el recorrido da para ver bastante sin apenas cansarse. En el camino aparecen las Salinas del Marrajo, construidas en 1944 y restauradas en 2010 con pasarelas de madera; el Faro de Martiño, una obra neoclásica de 29 metros que se iluminó por primera vez en 1865 y que forma parte de una triangulación con los faros de Tostón y Pechiguera para balizar el paso de navíos; y El Puertito, antiguo núcleo de pescadores y mariscadores. El punto más fotografiado suele ser la Playa de La Concha, una bahía en forma de medialuna de arena clara y aguas muy transparentes, a unos diez minutos andando del muelle y con condiciones ideales para el snorkel.
La isla entera forma parte del Parque Natural del Islote de Lobos, declarado en 1982, y es Zona de Especial Protección para las Aves, con más de 130 especies vegetales catalogadas y endemismos canarios. En sus alrededores se ven tortugas boba y verde, delfines y calderones. La historia del lugar llega hasta el siglo I a. C., cuando los romanos establecieron aquí un asentamiento estacional para obtener el tinte púrpura. En 1903 nació en la isla la poetisa Josefina Pla, hija del farero, que hoy tiene una estatua en el islote, y el sitio estuvo habitado hasta 1968 por el farero Antonio Hernández Páez, conocido como Antoñito el Farero. En mayo de 2007, la propiedad pasó al Ministerio de Medio Ambiente.
Para comer hay un único restaurante, el Restaurante Casa Antoñito, en la zona del Puertito y dirigido por los descendientes de Antoñito, con paella y pescado fresco; conviene reservar. No hay alojamiento en la isla, así que se duerme en Fuerteventura o en Lanzarote. Y un par de normas: están prohibidas la acampada, la pesca deportiva y la pernoctación, y no se puede caminar fuera de los senderos autorizados. Con eso claro, el plan es tan sencillo como agradable.
Fecha de publicación
19 de septiembre de 2026
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