
Si quieres ver la Ibiza que no sale en las postales de fiesta, hay que subir al norte. Es la zona más íntima y auténtica de la isla, con paisajes abruptos, pueblos tradicionales y calas vírgenes escondidas entre pinares, donde el turismo va a otro ritmo, mucho más pausado que en el sur. Lo bueno es que se puede recorrer en una jornada: del norte al sur hay unos 40 kilómetros, así que con un coche de alquiler —anda sobre los 25 euros al día— o una moto te lo montas sin prisa.
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Los pueblos son la primera parada lógica. Sant Joan de Labritja, en el noroeste, conserva su iglesia del siglo XVIII y el mirador de Sa Talaia, desde el que se ve Formentera; su mercado semanal es famoso por los quesos de cabra, la miel y los embutidos artesanales. Sant Miquel de Balansat es más pequeño y artístico, con una iglesia fortificada blanca y el bar-estanco Can Xicu, que elabora sus propias hierbas. San Carles de Peralta mantiene vivo el espíritu hippie de los años sesenta y setenta: allí sigue el Bar Anita, donde se juntaban los bohemios, y el Mercado de Las Dalias, con más de 300 puestos, que los sábados y domingos puede reunir hasta a 20.000 personas en temporada alta. Y más al norte, Portinatx, antiguo pueblo pesquero, es el punto de partida para llegar al faro.
El agua es, claro, el otro gran protagonista. Cala Sant Vicent es amplia y tiene restaurantes como Can Gat y On the Beach, y muy cerca está la Cueva de Es Culleram, un santuario fenicio-púnico dedicado a Melkart y Tanit. Cala d'en Serra es para quien no teme caminar: está encajada entre acantilados y pinares, con casetas de varadero y sin socorrista ni baños, así que mucha gente aparca arriba y baja a pie. Cala Xarraca, a un par de kilómetros de Portinatx, se divide en tres tramos y es famosa por el columpio de cuerda que cuelga sobre el agua en Sa Punta Negra, una foto fija del verano ibicenco. Cala Mastella, en la costa oeste, es pequeña y virgen, con poca profundidad y mucha piedra en la parte sur, ideal para hacer snorkel.
Para cerrar el día, hay dos paradas que no encajan en ninguna playa. La Cueva de Can Marçà, en el Port de Sant Miquel, tiene más de 100.000 años y fue refugio de contrabandistas; el recorrido interior dura unos 35-40 minutos y muestra estalactitas, estalagmitas y salas con nombres como el Templo de Buda. Y el Far de sa Punta des Moscarter, con sus 52 metros, es el faro más alto de las Baleares y ofrece unas vistas del Mediterráneo difíciles de superar. Si vas en invierno, el Pla de Corona de Santa Agnès se llena de almendros en flor y se puede pasear por allí incluso de noche, a la luz de la luna. Es una ruta redonda: pueblos, calas y un par de miradores, todo en un solo día.
Fecha de publicación
2 de septiembre de 2026