
Estos días el aire huele a castaña asada, y no es casualidad. La Castanyada se celebra en torno al 31 de octubre y el 1 de noviembre, el Día de Todos los Santos, y aunque la jornada oficial sea esa última, lo habitual es adelantarla al atardecer del 31. Es una de las fiestas más tradicionales de Cataluña, y su origen explica por qué se come lo que se come.
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En el fondo, la Castanyada es un ritual antiguo, casi pagano, que comparte raíces con el Magosto del norte de España o con el Halloween anglosajón. Nace del culto a las almas de los familiares fallecidos y del fin de la cosecha, y sus versiones más próximas se remontan a finales del siglo XVIII. El fuego era la herramienta para asar las castañas, pero también un vínculo simbólico con los difuntos; alrededor suyo se rezaba y la velada se acompañaba de campanadas. La parte cristiana llegó después: en el siglo VII, el papa Gregorio III consagró una capilla en honor a todos los Santos y fijó el 1 de noviembre como su día, una fecha que coincidía con fiestas celtas en las que ya se veneraba a los muertos. De ahí también la costumbre de visitar el cementerio ese día.
Hay una explicación popular muy simpática sobre el menú. Se dice que las castañas y los boniatos eran la cena de los campaneros, que pasaban toda la noche del 31 repicando las campanas a mano para avisar de la llegada del 1 de noviembre, y que asaban castañas para aguantar el esfuerzo. Otra teoría sostiene que el festín era para los difuntos, a los que se ofrecían alimentos fáciles de conservar y que dieran energía: castañas, legumbres y boniatos, regados con vino dulce, el antepasado del moscatel.
Ninguna Castanyada está completa sin los panellets, esos pequeños dulces de almendra y azúcar cubiertos de piñones. En realidad son mazapán, y la discusión eterna entre los catalanes es si la masa lleva boniato o no: los puristas defienden la almendra pura, mientras otros sostienen que el boniato, usado para abaratar y dar humedad, ya forma parte de la receta. Originalmente no se vendían en pastelerías, sino en cafés o en la calle, y su nombre viene de los panellons, panes que se ofrecían en los funerales. Su larga conservación los ligaba a la idea de eternidad.
La figura más reconocible es la de la castañera, esa mujer mayor con falda larga, delantal de lana y pañuelo en la cabeza que aparece cada otoño. Antiguamente se instalaban en los accesos a los cementerios, como el Portal de l'Àngel o el Portal de Don Carles, y vendían al grito de «Calentes i grosses! Qui en vol, ara que fumen?» mientras los vecinos se iban a llorar a sus antepasados. Hoy, en Barcelona, el Ayuntamiento concede licencias para estas paradas: en 2026 se han otorgado 66, una más que el año anterior, con Sant Martí como el distrito más numeroso.
Con la moda del Halloween, muchos hogares mezclan ambas tradiciones y hablan de «castaween», y en los barrios conviven túneles del terror con talleres de panellets. Sea como sea, el fondo sigue siendo el mismo: una excena para reunir a familia y amigos alrededor de unas castañas tostadas, unos boniatos y un buen vaso de moscatel.
Fecha de publicación
26 de octubre de 2026
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