
Hay escenarios que hacen buena parte del trabajo antes incluso de que empiece la primera escena, y el Monasterio de La Merced es uno de ellos. El pasado domingo 5 de octubre, este antiguo conjunto conventual, en Raíces Viejo, se convirtió en el marco de una representación teatral muy particular: el monólogo 'La prisionera de Tordesillas', dirigido por Pilar Murilla y protagonizado por Manuela Olay, de la Asociación Cultural La Serrana. Durante aproximadamente una hora, el público pudo seguir un encuentro cercano e íntimo con la figura de Juana I de Castilla, la reina que pasó gran parte de su vida recluida, y que aquí recuperó la voz en un espacio que, por su propia historia, encajaba con el tono del montaje.
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El sitio no es un decorado improvisado. El monasterio data del siglo XV, fundado en 1413 por el noble Fernando González de Oviedo, y hoy forma parte del Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias. Sus muros guardan elementos que cualquiera que lo visite reconocerá: una gran portada de sillería, la iglesia de Santa María de Raíces, una Sala Capitular con triple arquería, una fachada palaciega blasonada con el escudo de los González de Oviedo y un claustro parcialmente reaprovechado. Esa mezcla de piedra antigua y silencio fue la que terminó por envolver la puesta en escena, y también la que dejó claro que el espacio se quedó pequeño para el aforo que reunió la función.
La historia del propio edificio explica por qué hoy puede acoger este tipo de actividades. Tras la desamortización del siglo XIX, el monasterio pasó décadas en el olvido hasta que en 2005 arrancaron los trabajos arqueológicos dirigidos por Iván Muñiz y Alejandro García, que sacaron a la luz la fachada de un palacio y trece enterramientos. Ese hallazgo impulsó una rehabilitación integral del área, con un presupuesto cercano a los 400.000 euros y una subvención de casi 300.000 euros procedentes del programa del uno por ciento cultural. En 2007 se iniciaron las obras para consolidar las estructuras y habilitar un centro de interpretación cultural, que es lo que hoy permite que el monasterio no sea solo una ruina bonita, sino un espacio vivo.
La propuesta teatral, por su parte, se apoyó en esa atmósfera. Al ser un monólogo, la relación entre la actriz y el público se volvió muy directa, y el entorno histórico ayudó a situar la figura de Juana I de Castilla en un contexto que no desentonaba con su propia historia de encierro. La Asociación Cultural La Serrana, con Pilar Murilla en la dirección, buscó precisamente ese encuentro íntimo, y lo consiguió aprovechando un espacio que, por su propia naturaleza, invita a escuchar con atención. La función duró cerca de una hora, tiempo suficiente para que la historia de la prisionera de Tordesillas se desplegara sin prisa entre los arcos y las piedras del siglo XV.
Al final, lo que quedó fue la imagen de un monasterio que ha sabido cambiar su destino: de convento fundado en 1413 a centro de interpretación cultural que acoge teatro. La representación del domingo fue un ejemplo más de cómo el patrimonio recuperado puede seguir teniendo vida propia, y de cómo un edificio con tanta historia puede convertirse, aunque sea por una hora, en el mejor escenario para una historia tan antigua como la de Juana I de Castilla.